ya voy a decir algo.

No se muy bien que es, pero existe esta cosa, este... alien, que grita desde el interior de una cabeza derretida, y desde cada mínimo rincón de mi cuerpo obtuso y torpe.
Me mete el dedo descaradamente.
Escupe.
Me habla a cinco centímetros de la cara, y sin asustarse de ella tira todo su aliento fétido, repleto de siglos de mierda perdida.


Hablá.
Dale Puto.
Que sos? Mariquita?
Hablá tarado. Decí lo que quieras o puedas, pero decí. Después no te quejes.

Y yo voy a hablar, te voy a meter cada sílaba entre los dientes, voy a hundirte en mi mierda y mi gloria y no vas a saber de donde llegó el viento que te pela el orto. Y juro que vas a pagar para bajarte de la calesita.

Mirá... que voy a hablar.





Pero otro día.

Ahora voy a perder todo el tiempo posible mirando a Lola tirada en el patio. Con sus cuatro pares de tetas secas al viento, con esa mirada de tener más que claro de que va la historia del mundo.
A tomar un café gigante.
A sacarme la mugre de las uñas y del alma.

Ya voy a decir algo, cuando el nudo que nace en la garganta y termina en la punta de mis dedos se digne a desatarse y libere la tormenta de mi cabeza.

Dale tarado, además de grandote torpe te volviste mudo?

Sé que desde el fondo, allá abajo, te reís de mi. Porque sabés que tarde o temprano te voy a hacer compañía.
Tenés la sabiduría de los infiernos vividos y aprendidos y todo el tiempo de los mundos paralelos.
Pero mirame, voy a ser el pastel de bodas y la vaselina en tu luna de hiel.

Pero hoy no. No ahora.
Ahora estoy acá y pienso quedarme un tiempo. Otra temporada entre aliens y margaritas.