Pequeño relato de una Pequeña mente

Empecé a escribir inmediatamente después de leer Sandokán.

Mentira.
Inmediatamente después dormí dos horas, me bañé y fuí a la escuela. Sexto Grado Escuela Bernardino Rivadavia. En ese año empecé a enamorarme de la vicedirectora ( hermosa, siempre muy maquillada y con un increíble peinado ochentoso).
La misma vicedirectora que a fines del año siguiente al darme un dudoso y devaluado premio por ser el alumno que mayor cantidad de libros había leído (376 durante el útimo año del ciclo escolar, incluyendo casi casi la colección completa de LOS HOLLISTER), me dio un hermoso y húmedo beso en el cachete derecho, logrando una de mis primeras erecciones instantáneas.


Pero volviendo. Sandokán, en lugar de llevarme a investigar los patios vecinos, en busca de lady mariana, luchando contra los puercos ingleses mientras Yáñez me hacía la segunda (acá...acá van dos explicaciones: UNA ..."la segunda": como Porcel lo era con Olmedo, entienden. DOS... aún cuando tenía mucha imaginación, me costaba inventar y mantener presentes en mis juegos a Yáñez o Marianita. Que, anotación al margen, debía de ser bastante atorranta como para escaparse así como así con un pirata barbudo y con cara de tarado), en lugar de eso, me puso enfrente de un hoja Rivadavia.
Hoja.
Nunca cuaderno. Los cuadernos eran para chicos.
Y empecé a escribir. Un imaginario extenso de impresionantes y épicas acciones donde el héroe era lo que yo nunca sería.
Como es de imaginar, durante años traté de escribir una novela.
O un cuento.
O un relato.
O algo que siga mas allá de un par de hojas.

Creo que esos fueron los primeros indicios mostrando que no sirvo para los trayectos largos. La constancia del aburrimiento, que se trasladó mientras crecía a la mayoría de mis actividades.

Crecí luchando contra la timidez y el miedo a la gente. Escribiendo en cualquier papel. Leyendo TODO lo que encontraba. Descubriendo a John Wayne los domingos, acostado en el piso de mi casa/escondite frente al televisor. Entendiendo que una buena pose acompañada de una cara de mierda ayudaba que la gente no se acerque y por ende uno no tartamudee ante el miedo. Siempre buscando un mundo mejor. Al menos mejor que el propio.
Siempre de sonrisa tímida. Un grandote de mirada rara, y torpe para caminar.


Yori, el zuper héroe de la ZuperZeta.

1 comentario:

val dijo...

Javi
javi
javi
Es muy hermoso lo que leo en tu blog.Creo que terminaré convirtiéndome en una ferviente lectora...jeje.

Seguí creando
Y te recomiendo a Pizarnik (aunque desconzco tus gustos literarios).Me mata la cabeza

Saludos!